A 489 metros bajo el desierto de Chihuahua, en el sur de Nuevo México, existe un mundo que no ve la luz del sol desde hace millones de años. La cueva Lechuguilla, con sus 240 kilómetros de extensión, alberga una comunidad microbiana que ha permanecido completamente aislada de la actividad humana hasta 1986. Y en ese aislamiento radical se esconde una de las pistas más importantes para entender —y combatir— la crisis global de la resistencia a los antibióticos.

Una crisis que ya cobra millones de vidas

La resistencia antimicrobiana (RAM) es uno de los problemas de salud pública más urgentes de nuestro tiempo. En 2021 fue directamente responsable de 1,14 millones de muertes en todo el mundo, y las proyecciones son alarmantes: se estima que entre 2025 y 2050 podrían morir 39 millones de personas a causa de infecciones que ya no responden a los tratamientos disponibles.

Durante décadas, la explicación dominante fue sencilla: el uso excesivo e indiscriminado de antibióticos en humanos, animales y en la agricultura habría "entrenado" a las bacterias para resistir la acción de los antibióticos. Pero la ciencia tiende a complicar las narrativas demasiado simples.

El hallazgo que cambió todo

En 2006, Gerard Wright, profesor de Bioquímica y Estudios Biomédicos en la Universidad McMaster de Ontario, encontró bacterias en el suelo que portaban exactamente los mismos genes de resistencia que las bacterias patógenas humanas. El problema era que esas bacterias del suelo nunca habían tenido contacto con antibióticos de uso clínico. Algo no cerraba.

Para despejar las dudas, Wright se alió en 2012 con Hazel Barton, profesora de Ciencias Geológicas de la Universidad de Alabama y una de las pocas personas autorizadas a ingresar a la cueva Lechuguilla. Las condiciones del lugar lo hacen ideal para el experimento: el agua tarda aproximadamente 1.000 años en filtrarse desde la superficie hasta las zonas más profundas de la caverna. Es imposible que algún antibiótico moderno haya llegado allí.

Los resultados fueron contundentes: los microbios de Lechuguilla eran resistentes a prácticamente todos los antibióticos naturales utilizados en la clínica. Una cepa en particular, Paenibacillus sp. LC231 presentaba resistencia a 26 de los 40 antibióticos analizados, entre ellos la daptomicina, considerada un recurso de último resort contra el SARM (Staphylococcus aureus resistente a la meticilina).

La conclusión es inevitable: la resistencia a los antibióticos no es una consecuencia de la medicina moderna. Es parte de la historia natural de la vida en la Tierra, el resultado de cientos de millones de años de competencia microbiana.

Por qué esto importa hoy

Entender que la resistencia es antigua no significa resignarse a ella. Al contrario: este conocimiento abre dos frentes de investigación con enorme potencial.

El primero es la búsqueda de nuevos antibióticos. La microbióloga Naowarat Cheeptham, de la Universidad Thompson Rivers, en Canadá, lleva más de una década explorando cuevas y cultivando bacterias. Se analizaron más de 2000 muestras analizadas y se identificaron especies capaces de eliminar cepas de Escherichia coli multirresistentes y otras eficaces frente al SARM. La hipótesis es que los microbios de las cavernas pueden producir antibióticos "ancestrales" contra los que las bacterias de superficie aún no tienen defensas desarrolladas —o que nunca han encontrado.

El segundo frente es predictivo. Si los investigadores conocen de antemano los mecanismos de resistencia que ya existen en la naturaleza, pueden anticipar cómo una bacteria patógena podría responder a un antibiótico nuevo antes de llevarlo a la clínica. El ejemplo de la penicilina es ilustrativo: por sí sola suele fallar porque muchas bacterias poseen una enzima que la inactiva. Al agregar ácido clavulánico, que inhibe esa enzima, la penicilina recupera su eficacia. Identificar procesos similares en bacterias de cueva permitiría, desde el inicio, diseñar combinaciones más robustas.

El desafío que sigue pendiente

A pesar de los resultados prometedores, la investigación enfrenta un obstáculo concreto: la falta de financiamiento. Cheeptham tuvo que pausar su búsqueda de nuevos fármacos porque identificar compuestos candidatos es apenas el primer paso de un proceso largo y costoso antes de que las compañías farmacéuticas se involucren.

La ciencia tiene las herramientas. Las cuevas guardan los secretos. Lo que falta es la decisión colectiva (política, económica y social) de tomarse en serio una amenaza que ya estaba escrita en el ADN de los microbios mucho antes de que existiéramos como especie.

 

Fuentes de esta nota: artículo de BBC Mundo basado en investigaciones de Gerard Wright (Universidad McMaster), Hazel Barton (Universidad de Alabama) y Naowarat Cheeptham (Universidad Thompson Rivers). Los datos epidemiológicos sobre la resistencia antimicrobiana se basan en estimaciones globales publicadas en estudios recientes citados en la nota original.

Foto del National Institute of Allergy and Infectious Diseases en Unsplash

 

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